“Y la Palabra se hizo hombre, y habitó entre nosotros”

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Este texto del Evangelio de San Juan presenta el ideal que tenemos siempre en nuestra mente y en el corazón, que lo que decimos, lo hagamos. Alabamos a todo aquel que nos dice “te voy a ayudar” y, en efecto, me ayuda. Lo que dijo lo cumplió. Esta es la manera más hermosa de la relación entre nosotros. Es la fuerza del testimonio, de la coherencia, pasar del decir a la realidad en el actuar.

En cambio, cuando una persona nos dice “Sí, cuenta conmigo, yo voy a estar contigo, no te preocupes…” pero jamás llega, entonces pensamos: “Si me había dicho que sí iba a estar conmigo, me había prometido que estaría aquí y no llegó”, entonces nos defrauda, nos frustra, nos da tristeza, y ya no confiamos en él.

La promesa infunde esperanza, infunde confianza. La promesa da vida, pero ésta, se plenifica cuando se cumple en la realidad. Por eso así ha querido comenzar su Evangelio San Juan “La Palabra se hizo carne” (Jn 1,14). El Verbo de Dios, prometido por Dios a su Pueblo, se hizo hombre, puso su morada entre nosotros (Jn 1,14).

Hoy la Navidad recuerda este hecho: la coherencia de Dios, pues cumplió su promesa. Este es el camino, dice el texto, porque esta Palabra es vida, y es vida, porque es una palabra que se vuelve realidad, se vuelve acontecimiento, es un hecho, lo podemos constatar. Ésta es la fuerza del testimonio.

Cristo en su vida terrena mostró el camino haciendo de su palabra siempre una realidad, y cuando dijo, con todo temor en el huerto de Getsemaní: “Padre, si te es posible aparta de mí este cáliz” (Lc 22,42), completó diciendo: “Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). Y la aceptó y murió en la cruz clamando: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Toda su vida fue coherente con lo que predicaba, con lo que enseñaba, con lo que veía a su alrededor, por eso lloraron, quienes lo conocieron, cuando estaban en el Calvario al pie de la Cruz. ¡Cómo, a un hombre tan bueno, tan coherente, lo crucificaron!

“El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Y termina diciendo el Evangelista, “a Dios nadie lo ha visto jamás, el Hijo unigénito es quien lo ha revelado, lo ha manifestado” (Jn 1,18). Es decir, era necesario pasar de una fe en la cual sabemos que Dios es el Creador, Dios es el que ha generado el universo, Dios es quien nos ha dado la vida, pero eso es un concepto, no conocemos a Dios, a Dios nadie lo ha visto nunca jamás, y Dios mismo pensó: Es conveniente visibilizar mi ser divino, ¡para que se vea mi manera de ser! Que no solamente se crea por el concepto, sino que se crea por lo que con lo ojos ven. Por eso, San Juan mismo en la primera carta al iniciarla dice: “Lo que hemos visto con nuestros propios ojos eso es lo que les anunciamos (1 Jn 1,1).

El Verbo hecho carne visibiliza a Dios. Se hizo hombre para tomar nuestra condición y mostrarnos el ser de Dios en la limitación de la creatura. La ternura, la misericordia, la comprensión, la capacidad del perdón y de la reconciliación, la capacidad de asumir la injusticia y hacerla fecunda con una vida generosa, solidaria. Todas esas características mostraron en la persona de Jesucristo en carne y hueso, el ser de Dios. Nadie ha visto a Dios, es verdad, pero Dios nos quiso regalar la persona de Jesús, para mostrarnos en la vida de un ser humano como nosotros, las características divinas.

¿Con qué fin? Para que nosotros tuviéramos esta luz, este testimonio sobre cuáles son las características que están en semilla en nuestro interior, en nuestro corazón. Las mismas que vivió Jesús las podemos desarrollar nosotros, y eso es lo que espera Dios de nosotros, para eso se encarnó, para que conociéramos qué es lo que debemos cultivar y desarrollar en nuestra persona. Y en eso nos convertiremos cuando las desarrollamos y crecemos con las características de la vida de Dios, seremos entonces mensajeros de buenas noticias.

Esa es la fundamental manera de anunciar el Evangelio. Díganme ustedes su experiencia cuando una persona se acerca a ustedes, aunque no la conozcan, pero con un gesto amable, con unos ojos que tratan de establecer amistad, con un tono de voz que refleja la bondad, la generosidad, y que luego va mostrando su disposición para establecer una relación positiva. ¿No es hermoso? No es lo que más nos llena de alegría en el corazón, poder decir: “Me encontré una persona buena, una persona con quien puedo contar”. Ese es un mensajero de buenas noticias porque en su testimonio da cuenta de la vida de Dios. Pues bien, a eso estamos llamados. Ésta es la fuerza del testimonio, y ésta es la fuerza del discípulo de Cristo.

En cambio, cuando encontramos una persona agresiva, simplemente en la mirada, en el tono de voz, en la actitud, nos genera desconfianza, miedo, tratamos de evadirle, y vamos siempre intentando no encontrar a esa persona. Ése no es mensajero de buenas noticias, ése no está reflejando la vida de Dios, aunque la lleve dentro en semilla, pero no la ha desarrollado.

Por eso, hoy en esta celebración de la Navidad estamos llamados a recuperar el gozo y la alegría de desarrollar en nosotros la vida divina. A superar que es por moral la razón por la que nos tenemos que portar bien, no. No es simplemente una ley, no es simplemente por quedar bien con Dios, es para desarrollar nuestra propia vocación para la que fuimos creados, es para tener esa alegría interior que nos va a dar la paz. Por eso Jesús es nuestro camino, por eso Jesús nos revela el amor del Padre, y nosotros somos capaces de transmitirlo a los demás. No están fuera de nuestro alcance, lo tenemos todos a la mano, está en nuestra posibilidad.

Pidámosle pues al Señor Jesús que construyamos en la Iglesia esta comunidad de discípulos, que necesita el mundo de hoy, que seamos una Iglesia portadora de buenas noticias.

Que así sea.

 

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