Del hombre bueno y pacífico

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Ponte primero a ti en paz, y después podrás llevar la paz a los otros.

El hombre pacífico aprovecha más que el muy sabio.
El hombre apasionado, aun el bien lo convierte en mal, y fácilmente cree lo malo.
El hombre bueno y pacífico todas las cosas las dirige al bien.
El que está en buena paz, de ninguno sospecha.
El descontento y alterado, con diversas sospechas se atormenta; ni el descans, ni deja descansar a los otros.
Dice muchas veces lo que no debiera, y deja de hacer lo que más le convendría.
Piensa lo que otros deben hacer, y deja él sus obligaciones.
Ten, pues, primero celo contigo, y después podrás tener buen celo con el prójimo.

2. Tú sabes excusar y disimular muy bien tus faltas, y no quieres oír las disculpas ajenas.
Más justo sería que te acusases a ti, y excusases a tu hermano.
Sufre a los otros si quieres que te aguanten.
Mira cuán lejos estás aún de la verdadera caridad y humildad, la cual sólo se enoja e indigna con uno mismo.
No es mucho convivir con los buenos y mansos, pues esto a todos da gusto naturalmente; y cada uno de buena gana tiene paz, y ama a los que concuerdan con él.
Pero poder vivir en paz con los duros, groseros o con gente indisciplinada, y que nos contradice, es grande gracia, y acción varonil y loable.

3. Hay algunos que tiene paz consigo, y también con los otros.
Otros hay que ni la tienen consigo, ni la dejan tener a los demás: molestos para los otros, lo son más para sí mismos.
Y hay otros que tienen paz consigo, y trabajan en reducir a paz a los otros.
Pues toda nuestra paz en esta miserable vida, debe consistir en sufrir las adversidades con paciencia, que en no tenerlas.
El que sabe mejor padecer, tendrá mayor paz. Este es el vencedor de sí mismo y señor del mundo, amigo de Cristo y heredero del cielo.

Fuente: La Imitación de Cristo. Tomás de Kempis. Capítulo 3. Segunda parte.

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